miércoles, 20 de febrero de 2008

Daniel Day- Lewis: "No tengo conciencia de lo que provoco"

El actor inglés, de look bohemio, con jeans, sombrero, arito, pelo largo y sonrisa juvenil -nadie le daría 50 años-, es el protagonista excluyente de "Petróleo sangriento", que se estrena mañana, y por la que es gran candidato al Oscar que se entrega el domingo. "Hay tanta basura escrita sobre cómo hago mis trabajos... Por favor, borren de su cerebro todo lo que han leído o escuchado de mí", pide...

Gracias a Daniel Day-Lewis. Con un actor como él, cualquier director es el mejor director". Al agradecer su Oso de Plata, Paul Thomas Anderson no hizo más que expresar el consenso colectivo: Daniel Day-Lewis es insuperable, por lo menos en el Hollywood actual. Algo que se verá confirmado el domingo si, como se supone, gana el Oscar por la interpretación de Daniel Plainview en Petróleo sangriento.

Pero su magnetismo no nace sólo de su capacidad actoral y de su atractivo físico -¿hay alguna mujer que no lo desee?-, sino en el misterio que lo envuelve. Está rodeado de leyendas: que su preparación para cada papel lo lleva a convertirse en sus criaturas las 24 horas; que en realidad odia actuar; que dejó de trabajar en teatro la noche en que vio el fantasma de su padre en el escenario; que aterroriza a sus compañeros de rodaje. El enigma se agiganta por sus escasas apariciones públicas: odia las entrevistas y filma cada tanto (sólo hizo cuatro películas en los últimos diez años).

En Berlín, sus contactos con la prensa se redujeron a dos conferencias de prensa, siempre flanqueado por Anderson y su compañero de elenco Paul Dano. Flaquísimo, look bohemio -jeans, sombrero, arito, pelo largo-, sonrisa juvenil: nadie le daría 50 años. Las dos veces, la mayoría de las preguntas apuntó a algo tan simple como descubrir cómo preparó el papel del magnate petrolero Plainview, protagonista absoluto de la película. Las dos veces, el inglés fue simpático pero lacónico.

"Mi trabajo fue el mismo que el de Plainview: consiste en hacer pozos en el suelo y descender a la oscuridad esperando encontrar algo. De hecho, cavé un pozo en el jardín de mi casa en Irlanda... Varios, a decir verdad. Mis manos no son las de un trabajador manual, así que tuve que prestarles algo de atención si quería que parecieran las de alguien que hacía esa clase de trabajo en aquellos tiempos... Eso es todo". Ese es el tipo de respuestas que da Day-Lewis.

Entonces, no queda otra que insistir. Pero él no despeja la bruma: "No es que sea evasivo, pero es algo de lo que me resulta difícil hablar, porque no lo puedo describir de una forma que tenga sentido. Es algo indescriptible. Todos encontramos una forma de trabajar que nos conviene. Hay cosas prácticas que si necesitás aprender tratás de aprenderlas. Como dije, el trabajo es cavar pozos en el suelo, ir a la oscuridad esperando encontrar algo que valga la pena. Es algo que tiene que ocurrir de manera inconsciente, a nivel subterráneo. Y, después, que el trabajo se cuide a sí mismo".

Hay una explicación para su reticencia a revelar su método: le molesta que lo tilden de obsesivo o extravagante. Motes que surgieron cuando, para El último de los mohicanos, construyó una canoa, aprendió a rastrear y despellejar animales, y permaneció aferrado durante meses -incluso para una cena de Navidad- a un rifle. O por su empecinamiento por mantenerse, dentro y fuera del set, en la silla de ruedas del cuadrapléjico que interpretó en Mi pie izquierdo (y que le valió un Oscar). O por los cursos de corte de carnes que tomó con carniceros para su Bill The Butcher de Pandillas de Nueva York. O por su confinamiento en una celda y el pedido a la producción de que le tiraran agua y lo maltrataran en En el nombre del padre.

Fue el director de esa película, Jim Sheridan, el que dijo que Day-Lewis odiaba actuar, por el desgaste que sufría con cada papel. "Hay tanta basura escrita sobre cómo hago mis trabajos... Por favor, borren de su cerebro todo lo que han leído o escuchado de mí", pidió cuando alguien intentó citar un viejo artículo. "Todos nos tomamos mucho tiempo para prepararnos para esta película. En ese tiempo traté de imaginarme todo un mundo, de comprometerme con la vida entera de ese hombre."

Ese hombre es Plainview, personaje inspirado en Edward Doheny, que empezó como buscador de plata y terminó como dueño de la Pan American Petroleum and Transport Company. Tiene reminiscencias de El Ciudadano, por su carácter de self made man, y también la mezquindad, la soledad y el desmesurado afán de poder y dinero: ideal para el lucimiento de Day-Lewis, que se preparó estudiando libros y cartas sobre la California de principios de siglo XX y practicó con herramientas como las que se usaban en esa época en los pozos petroleros.

Plainview es un hombre desagradable, pero a él no le preocupa no generar empatía: "No me importa lo que mi personaje provoque en el público, en ese sentido tengo que ser completamente irresponsable. Obviamente hay peligros, y uno de ellos es alejar a la gente de la película, pero parte de mi trabajo es no juzgar y tener una identificación muy fuerte con mi personaje, algo que se desarrolle de un modo muy íntimo, de un modo en el que no importa nadie más. Para bien o para mal, cuando trabajo no tengo conciencia de lo que provoco con mi personaje. Si especulás con el resultado, chocás el auto, porque ahí no yace el verdadero trabajo del actor."

Su antagonista en la película es Eli Sunday, un religioso que le reclama dinero para su congregación. El papel terminó en manos de Paul Dano, luego de que el actor original -nunca se sabrá su nombre- renunció o fue despedido. Los rumores dicen que no aguantó la actitud de Day-Lewis, que para darle verosimilitud al enfrentamiento entre los personajes, lo hostigaba hasta fuera del set. Versiones parecidas involucraron a Leonardo DiCaprio en Pandillas de Nueva York. Pero Dano, que ya había trabajado con Day-Lewis en La balada de Jack y Rose, dijo que su compañero de elenco fue "muy dulce".

Quedará para siempre la duda, como la que existe sobre la aversión de Day-Lewis al teatro: la explicación más difundida es que en 1989, cuando estaba interpretando a Hamlet en el National Theatre de London, tuvo la sensación de que le estaba hablando al fantasma de su padre, el reconocido poeta Cecil Day-Lewis, que había muerto cuando él tenía 15 años. Se fue del escenario y nunca más volvió.

Lo suyo es el cine, aunque seleccione con cuidado cada proyecto. Esta vez lo convenció un guión que en las primeras veinte páginas no tenía un solo diálogo. "Me encantó. Me acuerdo de estar mirando la primera página, y después la segunda y la tercera, y en un momento determinado pensar: '¿Cuánto tiempo puede seguir esto?'. Provengo de una familia donde las relaciones con el lenguaje siempre fueron parte del día a día, así que me fascinó que alguien pudiera contarte todo lo que necesitabas saber del personaje sin decir ni una sola palabra. No creo que sea fácil hacer algo así, y nosotros lo hicimos".